viernes, 30 de enero de 2009

El derecho y el revés: menores rehenes del sistema

“¿Cómo está el tiempo ahí afuera? Acá mucho no se puede ver. Un pedacito de cielo desde el patio nomás. Ve gris y uno piensa que está feo y justo es una nube que está parada ahí…. Miren, la comida es buena pero hace unos días que se trabó la puerta de la despensa y ahí quedaron los alfajores de dulce de leche y las latas de tomate. A mí los fideos me gustan con mucha salsa y mucho orégano como los hacía mi vieja. Estamos podridos de comer fideos con aceite. Eso es para enfermos, yo le digo siempre a Carlos. Con él siempre jugamos al truco. Juega bien pero yo le gano, miento mejor. Lo que me hincha es el tema de las pastillas. Miren, hay pastillas para dormir, para despabilarse, para que comas, para sacarte el apetito. Con todo es de agradecer…. si te ponés algo cargoso vienen Carlos y el Vasco, te agarran, te ponen una inyección que cuando te despertás no te acordás ni quién era tu madre. No se rían. Es bueno no acordarse”, cuenta Antonio Lorenzo C. internado en el instituto de menores Dr. Luis Agote, de la ciudad de Buenos Aires. Esta es la realidad que atraviesan los niños en estado de abandono, con problemas familiares o conflictos con la ley penal, que viven en un instituto de menores. Al mismo tiempo, es la solución que dio el Estado a los chicos en esa situación que han pasado hasta el último año por el Consejo Nacional de la Niñez, Adolescencia y Familia.
El estudio realizado por las licenciadas Silvia Guemureman y Julieta Azcárate, investigadoras del Observatorio de adolescentes y jóvenes, del Instituto Gino Germani, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires lo denunció: “Se institucionaliza a la minoridad tanto con problemas penales como asistenciales. Lo que más nos preocupa son los chicos internados por motivos asistenciales, porque sabemos que terminan privados de su libertad por razones que tienen que ver con la pobreza, situación que cambiaría con adecuadas políticas públicas. Aunque hay casos de violencia familiar o de abusos que justifican plenamente restringir la patria potestad y optar por la internación”, explicó Guemureman.
En Buenos Aires, el 80% de los menores internados en institutos lo está por causas asistenciales que responden a la antigua Ley de Patronato, tanto provincial como nacional (leyes 10.067 y 10.903 respectivamente). Le siguen en importancia las fugas del hogar, el maltrato, la adicción a las drogas, y los abusos sexuales. El 20% restante se encuentra internado por motivos penales y a ellos se les aplica la ley 22.278 del Código Penal -Régimen Penal de la Minoridad-.
El número de mujeres que se encuentran institucionalizadas por razones penales sólo alcanza el 3% de los casos. De esta manera, la mayoría de las internaciones en el caso femenino son por motivos asistenciales. De acuerdo con el libro “La situación de niños, niñas y adolescentes privados de libertad en la Provincia de Buenos Aires”, escrito en convenio por UBA, Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) y UNICEF, resulta evidente que las institucionalizaciones de tipo penal tienen un sesgo importante hacia el sexo masculino, que concentra aproximadamente el 97%. El más alto porcentaje de internaciones por cuestiones penales tienen que ver con la comisión de delitos contra la propiedad: tentativa de robo, robo simple y robo con armas.
Guemureman y Azcárate consideran que “la institucionalización conlleva la privación de la libertad y por ende, una restricción en el ejercicio de los derechos básicos. Lejos de ser una medida excepcional, tal como lo prescribe entre otras normas el artículo 37 de la Convención de los Derechos del Niño, la privación de la libertad es una medida extendida en la mayoría de las causas que ingresan a los juzgados de menores, lo que evidencia una fuerte tendencia internista por parte de los jueces y la falta de búsqueda de caminos alternativos a la institucionalización o judicialización de la infancia”.
Desde el mismo punto de vista, la Dra. María Inés Quiroga, Defensora de Menores en lo penal: “En nuestro país la internación de los menores de edad en institutos no es utilizada como último recurso sino como una medida de primera instancia”.
Mary Beloff, profesora de Derecho Penal juvenil en al Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, sostiene que “en la Argentina, se acostumbra a dejar afuera del universo de la privación de la libertad a todos aquellos niños y adolescentes que han sido encerrados por motivos asistenciales. Ellos, en último instancia, también sufren la privación de la libertad ambulatoria”.
Según el libro “Privados de libertad” publicado por la Secretaria de Derechos Humanos junto con UNICEF, en la actualidad hay aproximadamente 20.000 niños, niñas y jóvenes privados de libertad en Argentina. Allí se proponen un conjunto de programas alternativos al encierro de jóvenes en institutos de menores. Entre ellos figuran la libertad vigilada y la libertad asistida. El primer régimen sólo toma en cuenta el riesgo que significa el menor para el resto de la sociedad. En la libertad asistida, en cambio, el acento se pone en evitar situaciones riesgosas para los jóvenes. Los pilares de este régimen son la orientación y el control. La orientación, para evitar situaciones peligrosas en las que puede caer un joven. El control consiste en verificar si el adolescente trabaja, si concurre a la escuela y si la familia acompaña su esfuerzo. “También pueden ser incluidos en comunidades terapéuticas o permitirles permanecer en su hogar, bajo el control del Consejo de Protección del Menor y la Familia”, apuntó Quiroga.
Analizar las causas de la comisión de delitos por parte de menores de 18 años permite conocer su respectiva situación sociofamiliar. Casi la totalidad de los chicos detenidos por la policía, remitidos al juzgado y acusados de la comisión de un delito, provienen de lugares marginales. La mayoría habita villas de emergencia, asentamientos y complejos habitacionales. El entorno familiar y social tiene influencia en las actitudes delictivas: muchas familias, no aceptan o asimilan que su hijo pueda haber cometido un delito, y por el otro, al mismo tiempo, reconocen las dificultades que tienen para controlar o ponerle límites a sus hijos. Esto último suele derivar en un pedido de internación, considerando de esta manera que el instituto puede “reformar” a sus hijos.
Guemureman sostiene que “en los últimos diez años a habido un deterioro significativo en la población que ingresa a los juzgados, que está dado por la situación a la que llegan y por la pobreza de sus perspectivas futuras”.
Respecto a este tema, el Licenciado Alejandro Kessel, Director del Instituto Luis Agote, afirma que “en algún momento se podía decir que los menores entraban a los institutos y salían peores. En una época podría haber sido así, pero ahora ni siquiera. Ni los institutos los pueden poner peores, ya llegan peores. La calle, la realidad social se ha puesto mucho más violenta que los mismos institutos”.
Antonio Lorenzo C. reflexiona: “Cuando estaba en la calle iba de acá para allá buscando para comer, en la calle me adapté a sus códigos: sino te drogás sos un caretón y si no robás sos gil. Caí preso, pero cuando recuperé mi libertad, me quise rescatar y no pude porque estaba muy metido. Seguí robando y me metí con los secuestros. Hoy por hoy, estoy privado de mi libertad. Ya conocí lo que es un penal y un instituto de menores de máxima seguridad”.
La argumentación que usualmente sirve como justificativo de la postura internista, afirma, en forma explícita, que el instituto de menores es un recurso destinado a la recuperación del menor y que esta previsto en la ley para tal fin. Esta posición sostiene que el fin declarado del instituto de menores (rehabilitar, resocializar, reeducar a los niños bajo su custodia) corresponde con su fin real, o sea que el deber ser coincide con el ser. En su estudio, Guemureman afirma que “los jueces aseguran que utilizan la internación como último recurso: cuando no hay alguien que atienda al menor, cuando no hay otras alternativas, cuando no hay contención o cuando la opción de reintegrarlo constituye un riesgo mayor para el chico. Pero en la práctica se sabe que no es así”.
Respecto a este tema, es importante considerar las diferentes posiciones de los magistrados acerca de la internación: una corriente asegura que la internación no favorece al desarrollo de los menores, en tanto equiparan el concepto de internación con el de pena. Otros, en cambio, afirman que la internación no es lo más beneficioso, pero de todos modos se hace por protección y no como castigo. También aparece, en la opción de internación, la idea subyacente de la peligrosidad de algunos menores: hay chicos para los cuales la internación es la única alternativa y hay chicos para los cuales los límites son los institutos cerrados. En otro polo están los que sostienen que la internación tiene un valor negativo y proponen, en consecuencia, reducir el índice de internación.
Sin embargo, es de público conocimiento que los resultados en cuanto a la recuperación de menores en institutos son muy limitados, ya que en la mayoría de los casos los menores reinciden recrudeciendo sus conductas delictivas y, paralelamente, se exponen a situaciones de mayor riesgo. “Las instituciones de encierro no curan, ni resocializan, ni cumplen con sus funciones prescriptas. Los programas alternativos tienen poco de alternativos y mucho de dispositivos de control. El eje de nuestro trabajo ha sido demostrar cómo, a lo largo de un siglo, se mantuvo la hegemonía del Patronato, inscripta en las instituciones proteccionales y correccionales destinadas a los menores. Muchas veces las instituciones se mimetizan con aquello que pretenden combatir en una imbricación perversa”, denunció Guemureman.
En cuanto a la reincidencia, la Jueza de menores Marta Pascual afirma que “de cada 10 presos adultos, 8 pasaron por el sistema de menores”. Existe una corriente judicial que afirma que la justicia penal es estigmatizadora para los menores, ya que la mayoría de los adultos que han pasado por institutos están presos. “Muchos son internados porque sus familias no los pueden mantener. Pero la falta de rehabilitación hace que la mayoría termine con el mismo final: Así empiezan su carrera penal. Primero un robo y el mismo sistema los lleva al delito”, lamentó Pascual. Ante esto, Guemureman sostiene que “la estigmatización no facilita la reinserción del menor en la sociedad”.
Maria Elena Naddeo, presidenta del Consejo de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, afirma que “el tránsito por estos institutos es vivido por los menores como un castigo. No se ha logrado modificar un sistema muy antiguo, de lugares cerrados, con pocas actividades de inserción y de recreación. Ni siquiera los equipos de contención psicológica sirven porque el encierro profundiza la problemática inicial”.
Aún así, el 2005 ha originado avances en materia del rol del Estado sobre los menores. La nueva Ley de Protección Integral de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes fue promulgada en octubre de ese año, y marca un punto de inflexión en el sistema tutelar ejercido por la administración pública. La recientemente derogada Ley de Patronato de Menores – que data de 1919 - suponía que cualquier menor de 18 años que se encontrara en “peligro material o moral” estaría a disposición del Juez de menores para su tutela. Esto significa que, bajo la idea de protección del menor, el Estado podía intervenir en la situación familiar del niño, llegando incluso a separarlo de su entorno familiar para luego ser trasladado a un instituto de menores. El resultado final consistía, entonces, en la judicialización de la pobreza y la posterior estigmatización de los niños, en tanto son considerados pobres y, por ende, “peligrosos”.
La flamante ley n° 26.061 aventura alterar esta situación estableciendo como paradigma la Convención de los Derechos del Niño, tratado internacional con rango constitucional desde 1994. Allí se define a la familia como el ámbito propicio para el crecimiento de los menores. La separación de éstos de sus padres es considerada una medida de último recurso. Por lo tanto, el marco normativo actual se encolumna detrás de estos principios reguladores, que disponen de los menores sólo cuando se hallan ante una situación extrema, como puede ser la violación de los derechos parentales.
Asimismo, la nueva legislación crea la Secretaría Nacional de la Niñez, Adolescencia y Familia, cuya función es fijar las políticas públicas en lo relativo a la infancia. Este departamento se encuentra en plena conformación organizativa, dentro del Ministerio de Desarrollo Social, y su presidenta es la Licenciada Marcela Vessvessian.
De acuerdo al carácter federal de la ley, se instituye el Consejo Federal de la Niñez, Adolescencia y Familia, integrado por los representantes de órganos de protección de los menores de cada provincia. Otra figura legal novedosa es la del Defensor de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, una suerte de ombudsman de los niños, cuya función será velar por la protección y promoción de los derechos de éstos en el ámbito legislativo.
Gustavo Vera, integrante de la devenida Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (antiguamente Consejo Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia) señala que “actualmente las instituciones a cargo de niñas, niños y adolescentes están pasando por un momento de transición, resultado de la sanción de la ley 26.061, la cual, si bien se encuentra vigente, aún espera el adecuado establecimiento de mecanismos que garanticen su funcionamiento”.
El problema de la infancia y la adolescencia no recae en su peligrosidad per se, sino en su conformación como blanco de la policía y de otras instancias de judicialización. Es porcentualmente mucho más significativa la cantidad de niños y adolescentes víctimas del sistema penal, es decir, que padecen el daño de la sociedad corporizado en sus instituciones de secuestro y control, que el daño que ellos mismos generan y producen a la sociedad. “El verdadero problema respecto a los niños y jóvenes es la imposibilidad de integrarlos dignamente a una sociedad que los excluye. Esto no implica hacer una lectura romántica y afirmar que los jóvenes no producen daño y son inmaculadamente inocentes. Esto significa que respondiendo al daño con la severidad de mayores y mejores castigos, tampoco se resolverá el problema ya que hoy serán unos los tocados por el sistema penal, pero mañana serán otros y así sucesivamente”, declaró Azcárate.

martes, 30 de diciembre de 2008

Cromañon... presente







Un año más en el que los familiares de victimas de cromañon y sobrevivientes siguen diciendo Presente. Un año se termina y otro comienza sin las 194 víctimas de la inoperancia, la corrupción y la desidia.
A 4 años, las familias y sobrevivientes siguen buscando justicia con un juicio que se reanudará el próximo 7 de Enero y donde todavía sigue habiendo muchas dudas, ausencias, y demasiada corrupción como para ser ocultada. Lo realmente certero es la confianza de los familiares para lograr con el jucio una condena contundente que alcance a los verdaderos responsables de ésta masacre.
Hoy, 30 de diciembre de 2008, a 4 años de lo acontecido, habrá durante todo el día diferentes actos y una misa en la Catedral. Para que no suceda otro Cromañon… Se sigue diciendo Presente.

lunes, 15 de diciembre de 2008

¿Qué fue "Una noche en Carlos Paz"?























Con una breve crónica de la función brindada el 18 de junio de 2004 en el Complejo Teatral Paseo La Plaza, pretendo recordar qué nos ofreció "Una noche en Carlos Paz".


El centro del escenario fue el eje de las miradas y el disparador de imparables e innumerables carcajadas: Un oso de peluche color blanco y negro movía sus manos que colgaban de un hilo al mejor estilo marioneta, mientras lo iluminaba la luz central del escenario. No era un títere ni la presentación de un espectáculo infantil. Era la primera imágen absurda, entre las que vendrían después, con la que los espectadores se encontraban al ingresar a la Sala Pablo Picasso del complejo teatral Paseo La Plaza, en la función del viernes 18 junio, donde Fabio Alberti y Diego Capusotto presentan de jueves a domingos "Una noche en Carlos Paz".
Las risas, habían comenzado antes del espectáculo, cuando cerca de las 21: 30, la boletería se vió obligada a poner un simpático cartelito que borraba los ceños fruncidos de quienes no habían conseguido entradas y avivaba a los que sí: "Hoy localidades recontra - agotadas!". La obra escrita en conjunto por Nestor Montalbano, Ricardo Budín, Pedro Saborido, Diego Capusotto y Fabio Alberti, tras tres meses en cartel, viene agotando las 440 butacas que cuestan de entre $16 y $30.
Para las 23, en la terraza del complejo teatral, ubicado en la Avenida Corrientes al 1600, una multitud desordenada y dispersa se amontonaba para entrar a ver la comedia, pero no sin antes detenerse en el stand que Fernet había montado en el hall de la sala, donde unas jóvenes promotoras ofrecían al público Fernet Branca y Brancamenta para degustar. "Está bueno esto de venir a ver una obra y que te sirvan un aperitivo. Hace que te distiendas un poco más y entres con más ganas de reirte. Igualmente, si la obra es como cuando estaban en la tele, seguro que la vamos a pasar bien", comentaba Daniel Guitiérrez, acompañado de amigos mientras bebía Brancamenta. Un público variado, con edades que oscilaban entre los 20 y 40 años, formaban parte de la muchedumbre que quería ver el espectáculo y esperaba que ella cumpla con lo que su cartelera promete: "El éxito de la t.v. ahora en el teatro".
Pasadas las 23: 30 , el personaje Lulo Palau, encarnado por Germán Navetta (ex Tito Cossa en "Todo x $2"), fue el encargado de abrir y presentar el show, luego de una comiquísima y delirante sátira de normas de seguridad, presentadas en pantalla, en caso de posibles inundaciones, incendios, la aparición de hombres bomba o ataques terroristas.
Durante la hora y media que duró el espectáculo, no pararon de escucharse risas ante la aparición de personajes bizarros, grotescos y paródicos como el investigador Rodolfo Stretch, el animador Lulo Palau y la tan esperada y aplaudida psicóloga y consejera Irma Jusid con su "Cuidáte, queréte. Ojito. O...". Además se sumaron a sus clásicos personajes de la tele, otros especialmente pensados para este espectáculo, como ser el cantante Facho Martel, Nanuk: el hombre de la sonrisa de acero, el reallity Papa Stars (que ridiculiza la imágen del Papa y del Vaticano), la parodia de los cantantes de protesta de los '70 Pedro y Pablo; entre otros. Un zapping de sketchs, numeros musicales y monólogos que presentaron escenas desopilantes al mezclar distintos tipos de humor: absurdo, paródico, ingenuo, sutil, negro y un tanto picarezco, con el sello característico del estilo que Capusotto y Alberti se encargan de sostener desde que han inaugurado el humor de lo absurdo a partir de "Cha.Cha Chá" (con Alfredo Casero) y "Todo Por $2", ciclos televisivos que han marcado una forma distinta e incoherente de hacer reir y que hoy vuelven a invocar y a alimentar con la presentación de la obra. Un mix que dá como resultado la indudable capacidad de hacer reir de esta dupla bizarra y la habilidad de trasladar con éxito los materiales del lenguaje televisivo al teatro, ya que en el centro del escenario se hallaba una pantalla con distintas proyecciones que interactuaba tanto con los actores como con el público, generando un clima de delirio y comicidad que no daban respiro." 'Una noche en Carlos Paz' es la continuación del ciclo 'Todo por $2' que comenzamos en televisión y que finalizamos en el 2001 en Canal 7. Es un placer hacerla, ya que nosotros la disfrutamos y nos reimos tanto como el público", argumentaba Alberti.
El final del show no escapó de lo absurdo y picarezco: Los 5 actores aparecieron en escena (Fabio Alberti, Diego Capusotto, Germán Navetta, Julio César y Wimpi Marasco) vestidos con túnicas sobre un fondo celestial, cantando: "... Siente mi piel hermano americano, necesitamos que el hombre nazca y que por nazca vaya a Gaona, cierra los ojos y comienza a vibrar con esa noche donde volviste a soñar: es Una noche en Carlos Paz...". La sala no paró de aplaudir. Todos los espectadores salían con una sonrisa. Algunos, los mas cholulos, se quedaban en la puerta del complejo para pedir autógrafos. "Una noche en Carlos Paz" había terminado y una pareja, Verónica y Alberto de 23 y 24 años respectivamente, al salir de la sala comentaron: " Es-pec-ta-cu-lar. No paramos de reirnos. Ella (su novia) no paraba de adelantarse a los chistes, ya que los sigue desde Cha. Cha.Chá y tenía muchas espectativas sobre la obra. A mi también me re gustó y me sorprendió todo, especialmente desde el principio la bienvenida que nos brindaba el osito de peluche sobre el escenario. Todo un delirio".

Perfiles

El diagnóstico establecido: Depresión tricíclica con síndromes compulsivos y obsesivos. Fobias: llegar a ser, en cierto nivel del proceso, esquizofrénico como su padre
Este es el panorama que enfrenta a diario Mariano Andrés Gauna de 34 años, Licenciado en Filosofía y Letras y ex profesor de Teoría Literaria en la UBA (Universidad de Buenos Aires).
"Ferviente lector de Cortázar y Arlt. Amante de la música de Chopin, de los barriletes y de los cigarrillos negros. Con humor ácido, negro e incoherente. Mirada perdida y cargada de añoranzas". Así lo define a Gauna, su madre, Graciela Demozzi.
Mariano, nació el 3 de Abril de 1970 en la localidad de Lomas de Zamora. Toda su infancia y adolescencia, se vieron marcadas por los trastornos mentales de su padre, Oscar Gauna, y su "supuesta" sanación por medio de las iglesias evangélicas. También, se vieron marcadas por los rasgos tempranos del desarrollo de esa enfermedad en su hermana Lorena, dos años menor que él.
Mariano, al recordar, tiene el aspecto de ser un estudiante eterno. Estudiante de su propio ser. Un gesto ambiguo entre la realidad que vive a diario y la que quisiera vivir: "No tuve una infancia-adolescencia si se puede decir normal, luchaba a diario con la imágen patética que mi viejo y mi hermana dibujaban en el ambiente de mi casa".
"Se la pasaba leyendo o remontando barriletes. El era feliz así". Dice su amigo del barrio y de toda la vida, Miguel Pereyra
Al terminar el secundario en la Escuela Nacional de Comercio de Adrogué. Mariano, se recibió de Perito Mercantil. Recién salido del secundario se anotó en la carrera de Licenciatura en Filosofía y Letras. "Me anoté en esa carrera porque me encanta leer, veo en la literatura un modo de evasión. La literatura como herramienta para multiplicar miradas críticas. La ficción como una manera de expresar un malestar con el mundo tal cual es... Cuando era chico me la pasaba leyendo, imaginándome mundos paralelos o remontando barriletes para escaparme un poco de todo lo que pasaba en mi casa. De adolescente, me refugié en el consumo excesivo de alcohol y drogas. De grande... ¿De grande?, no pude escapar y... bueno, acá estoy". ("Acá estoy" refiere al centro psicoasistencial en el que permanece internado desde hace ya siete meses), argumentaba Gauna.
"Yo era consciente de los problemas que tenía para aceptar la realidad que me tocaba vivir, pero así y todo, seguía en la misma: estudiaba, daba clases, trabajaba, me saturaba de cosas. Nadie, fuera de mi casa, se imaginaba a un Mariano inseguro, fóbico y un tanto depresivo", comentaba Mariano.
El 20 de Octubre del 2003, Gauna tuvo una fuerte discusión con un colega, Miguel Silvetti. "Esa discusión me marcó. Me hizo dar cuenta de que no estaba bien, que necesitaba ayuda. Me hizo ver que estaba teniendo desde hace un tiempo los mismos comportamientos de esquizofrénico que mi viejo y mi hermana y que a mí tanto me molestaban y causaban fobia", comentaba el ex profesor.
Según comentó la madre, Mariano ya no se sentía bien cuando volvió de trabajar ese 20 de Octubre. Al otro día por la mañana lo invadió una crisis nerviosa, suicida y asmática. Es por eso que desde entonces, ya no es más profesor de la UBA y se encuentra internado en el Centro psicoasistencial S.I.A.R.C (Psicoasistencia para la Recuperación de Crisis) en el barrio de Almagro, desde donde él se permite volar; lejos pero sin drogas y alcohol. Desde donde se le permitió inaugurar el 1º de Mayo el taller de creación de barriletes "Barrileteando".
"Yo siempre fui un fana de los barriletes. A los 12, ya me había fabricado un par con caña y papel. Ahora, acá, los uso como mi modo más legítimo, aparte de la lectura, de evadirme a medias de todo, como para desenchufarme, como para remontar mi imaginación, nuestra imaginación. Lo bueno de los barriletes, es que podés hacer lo que quieras: bajar, subir, volar. Esa es la principal tarea de este taller, que nos permita aceptar nuestro mundo jugando", comentaba entusiasmado Mariano mientras remontaba su barrilete.

La vida sin un techo -Laura V. Benítez-


Susana realiza tareas organizativas en la Cooperativa de cartoneros El Ceibo, porque desde hace un par de meses las várices de sus piernas le impiden salir, como lo hacía tiempo atrás, a recolectar residuos destinados a reciclarse por el barrio de Palermo. Sus kilos de más tampoco ayudan.

Susana tiene 49 años y su andar refleja el cansancio de tantos años y calles caminadas sin hallar un apoyo seguro. Su caso refleja la realidad que día tras día enfrentan distintas familias que viven en casas usurpadas, que se resignan o resisten ante el hecho de convivir con el hacinamiento, las quejas de los vecinos y la inseguridad edilicia de las distintas instalaciones en las que se alojan. Una crisis habitacional que recrudece ante la indiferencia del gobierno en cuanto a políticas adecuadas y urgentes respecto de las casas tomadas. Este es el caso de Susana, quien en el transcurso de un día repasa las peripecias que ella y su familia atravesaron por el hecho de vivir en una casa tomada y la esperanza de poder tener en algún momento una casa propia, un “pedazo de tierra”.

Susana Rodríguez, a pesar de todo, sigue caminando: transita las escaleras de cemento a medio construir que la conducen a su “Penthouse” de la calle Acevedo al 911 en el barrio de Villa Crespo. En total oscuridad, porque tienen una conexión precaria de luz: “Al principio estuvimos tres meses sin luz, entonces ibamos a la casa velatoria de la otra cuadra y nos daban la vela grande de los finados”, recuerda Susana mientras sube las escaleras apelando a la memoria de haberlas transitado tantas veces. Sin dudar, en penumbras, choca con una puerta que huele a madera nueva. Golpea y abren… Un departamento en el que ahora viven 4 personas (entre ellos un bebé de 3 meses), al que ella simpáticamente apodó “Penthouse”: Un espacio que en el proyecto original del edificio iba a ser un cuarto más dentro de un departamento y el que hace 26 años es el hogar de Susana y su familia.

Entre las paredes de crudo cemento no hay ventanas, y ello permite advertir, además de la constante oscuridad, una fétida mezcla de olores: comida, humedad, encierro, aromas corporales… que se intensifican al cerrar la puerta.

Un panorama acotado que facilita la sensación de encierro y en el que conviven el óleo calcáreo del bebé, el frasco de aceite y el tacho de basura al lado de la cama.

En esta casa hay ausencias: no hay ventanas. No hay baño. No hay mesa. No hay un desorden que abra las puertas al rescate, hay solamente oscuridad y miseria. Los colchones hundidos se confunden con los tirantes de las camas y una conocida marca de cerveza “auspicia” el cómodo sentar de dos miembros de la familia, destinando a los otros a usar como silla el borde de la cama o dos gastadas banquetas de plástico que alguna vez fueron blancas. En este espacio no existe resquicio alguno para la intimidad: “Mis hijos me conocen hasta el color de la bombacha y el corpiño”, exclama Susana con un gesto de resignación. En esta casa, si se quiere ir al baño hay que salir al pasillo y en ese corto trayecto, salir a la mañana a lavarse los dientes implica correr el riesgo de toparse con un vecino.

Esta mujer, oriunda del Departamento de Orán, Provincia de Salta y madre de 6 hijos, lleva en su mirada las huellas de un pasado marcado por el desarraigo. Tanto sus padres como sus abuelos sufrieron el destierro: Los corrieron de sus tierras en Orán porque iba a instalarse una fábrica allí. “Mi mamá y yo pasamos por lo mismo. Por eso no quiero que le pase lo mismo a mis hijos. Dios quiera que no vendan el departamento que estamos tratando de construir. Esa casa es para ellos”, añora Susana.

El edificio entero sufrió varios intentos de desalojo: Susana recuerda que varias veces entró la policía al edificio para sacarlos por la fuerza y en ese momento entre gritos y golpes, ella con sus hijos se abrazaban a la bandera argentina y cantaban con orgullo el himno nacional. “Era una manera de imponernos, de resistir al desalojo. Fue una enseñanza que nos dejaron nuestros hermanos uruguayos que ya estaban en el tema de las casas tomadas. Funcionó. Porque con la patria no se atreven ¿eh?”, afirma Susana sentada en el borde de su cama con las manos entre las piernas y un movimiento de inquietante vaivén que no deja de sostener.

Cuando “Susy” (así la llaman en el Ceibo) habla de la patria se le iluminan los ojos y sus rellenos pómulos parecen ensancharse: “La gente que ahora está en la calle antes vivía en algún lado. La mayoría de las personas que tomamos casas antes éramos inquilinos. Siempre pagamos. Desde que ocupamos las viviendas siempre tuvimos la intención de pagar algo, luz, agua. Nosotros somos dueños de esta tierra Argentina y somos beneficiarios de cualquier cosa que tenga que ver con la sociedad argentina. Es un derecho adquirido. Nosotros queremos tener nuestra tierra… Creo que está todo mal repartido, se brinda ayuda a inmigrantes peruanos, bolivianos y paraguayos que habitan en complejos. Yo no quiero discriminar, pero nosotros qué. Primero empecemos por nosotros y después démosle de comer a los demás”. Sus palabras se cargan de un tono patriótico que asombra y se debaten en un gesto ambiguo que la posicionan, simultáneamente, en el lugar de discriminadora y discriminada. Un gesto ambiguo entre la realidad que vive a diario y lo que sus palabras sentencian.

La violencia a la que sobrevivieron, no sólo vino de parte del estado, sino también de sus vecinos que los discriminaban: Cuando llevaba a sus chicos a la escuela le pedían boletas pagas de luz. A sus hijos no los querían porque decían que eran “hijos de gente de las casas tomadas, de la villa”. Cuando querían comprar comida en los negocios no les vendían. En la Iglesia, el padre cerraba la puerta y les decía que la misa había terminado... Susana recuerda con tristeza y bronca como si cayera de golpe en la cuenta de todo lo que atravesaron ella y su familia: un pasado doloroso y un presente y futuro incierto. Luego de un corto silencio agrega: “Mis hijos son muy lindos. Una vez vino una señora toda elegante. Se me acercó pretendiendo comprar y llevarse a mi hija. ¡¡Me la quería comprar!! Empecé a gritar, vino una vecina, armamos lío y se fue. Agarré a mi hija bien fuerte. Me asusté mucho. Además en esa época yo estaba sola, no tenía compañero. Estaba sola con mis 6 hijos”.

A pesar de todo, Susana es alegre. Cuenta lo sucedido como parte de un pasado del cual ahora se burla respetuosamente y al que no cesa de enfrentar. Luchadora hasta el cansancio y trabajadora inagotable. Sus días comienzan a las cuatro de la mañana. “Me levanto muy temprano para ir a trabajar. Trabajo en la casa de Gonzalo Eloy Martínez, hijo del escritor Tomás Eloy Martínez. Hace 8 o 9 años vino a hacerme una nota y al otro día yo ya estaba trabajando en su casa”.

Sus horas del fin de semana se reparten entre las tareas que realiza en El Ceibo y el control de la obra que está destinada a ser su casa “gracias” al conjunto de medidas (ver recuadro) que el gobierno porteño implementó respecto de las casas tomadas y a la que ella irónicamente apodó “country”. Provisoriamente, en la precaria construcción erigida viven su marido y sus otros tres hijos.

Son diez las cuadras que separan la casa de Susana de las oficinas del Ceibo y como hoy es sábado, decide que es hora de emprender viaje hasta allí. Antes de salir de su casa, toma su bolso de nylon azul y le da un beso a su nieta que duerme en la cama matrimonial junto a su madre, Noelia, la hija de 20 años de Susana. Desciende las oscuras escaleras y al llegar a la planta baja hace chistes al personal de seguridad que hay en la entrada del edificio: Es que hace un par de meses el gobierno puso “cuidadores” porque hubo rumores de que “venían a meterse” en los lugares que ya estaban desocupados, espacios vacíos que dejó la gente que ya arregló con algunos planes.

Al salir del edificio, toma la calle Jufré y en su cruce con Malabia hace su primer parada: “¡UY!... quien está ahí, mi vecino el actor!”, exclama Susana (el hombre del que habla es Max Berliner, un viejito extravagante y sociable que no dudó en darle un caluroso abrazo al verla). El trayecto hasta el Ceibo sigue. Se hace largo y pesado: Susana camina esas calles con pasos titubeantes que revelan el dolor que sus piernas sienten. Está tomando medicamentos para las várices. No le dan respiro y le impiden un andar ágil. Pero a pesar de su fatiga sigue y cual peregrina recorre las calles con la misma seguridad con las que sube las oscuras escaleras que la llevan a su casa. En el transcurrir de una cuadra se cruza con dos personas a las que saluda al pasar. “Yo voy caminando por la calle y en cada esquina me encuentro con uno o con otro y me quedo ahí hablando y mi marido se enoja”, cuenta Susana entre suspiros.

En su caminata, atraviesa los bares, restaurantes y negocios de ropa del barrio de Palermo que a esa hora (la 1 del mediodía del sábado) están atestados de gente. Susana se recorta entre ese paisaje como una figurita superpuesta a la fuerza. Hay algo que no encaja: Susana y su realidad contrastan con ese paisaje tan moderno y sofisticado que Palermo se empeña en sostener. “De tanto trabajar no me había dado cuenta que habían puesto negocios (por la Avenida Córdoba). Yo decía ¿Qué pasa que hay tanta gente?, ¿Habrá una manifestación?... y yo seguía paseándome en ojotas por la Avenida… ¡pero que me importa… Es mi barrio!”, relata con cierta picardía y sentimiento de pertenencia. Este sentimiento, se mezcla con cierta tristeza y se confunde con el desarraigo que vivieron sus padres y abuelos, y se mezcla con el que ella y su familia viven constantemente y van a volver a vivir. Porque Susana y su familia tienen un “Country” (nombre que ella le da a su nueva casa en construcción) y el hecho de abandonar su “penthouse” para mudarse al “country” le genera cierta tristeza, porque es empezar de nuevo, es conocer a otra gente, a otros vecinos, pelear con unos y con otros. “Pero bueno, si es para mejor está bien, pero va a costar adaptarse de nuevo. Es que son muchas las cosas que vivimos en este barrio. Por ejemplo en la esquina de Scalabrini y Jufré mis hijos aprendieron a caminar mientras yo charlaba con mi amiga Blanca”, cuenta con nostalgia.

Falta una cuadra. Trata de acelerar la marcha pero es en vano. Está agotada. Se alcanza a ver desde la esquina de Guatemala y Malabia un cartel que dice “El Ceibo”. Un vez allí, saluda a todos y se dispone a preparar unos mates, entre chistes y novedades. En ese instante le informan que los materiales para su futura casa ya están, porque Susana optó por el plan de autoconstrucción financiado por el gobierno, según el cual se les brinda materiales y el terreno a las familias que ocupan casas, brindándoles así un hogar digno. Quitándoles el estigma de “usurpadores” para transformarlos en propietarios. Susana está emocionada, salvo un pequeño detalle: detrás de tanta necesidad está el siempre presente “circo” político que pretende entregar los materiales en un acto de propaganda oficialista y donde “el pelotudo de Telerman va a venir a pretender hacerse cargo del sueño de la casa que cada familia guarda. Yo quiero terminar mi casa, no me interesa que venga éste a entregarme las herramientas”, reclama Susana un tanto enojada con papeles en sus manos que la informan sobre lo acontecido. Se hace difícil pensar que el proyecto llegue a concretarse debido a la precaria calidad y escasez de materiales que el gobierno promete, y el arquitecto que por falta de pago devino en trabajador ad honorem para que muchas familias como las de Susana puedan tener definitivamente su propia casa. “Queremos que todas las personas carenciadas de la sociedad tengan una vivienda. Queremos que los legisladores se comprometan a seguir una buena ley que nos proteja”, pide Susana tratando de no atragantarse entre la bronca, la impotencia, la incertidumbre y el bizcochito de grasa que masticaba.




La historia paso a paso

El caso de Susana se suma a las más de 1100 familias que actualmente ocupan inmuebles del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La historia se remonta a la última dictadura militar, período en el que se construyeron la mayoría de las autopistas porteñas. La AU 3 fue la única que no llegó a concretarse. El frustrado proyecto del entonces intendente Osvaldo Cacciatore aventuraba una autopista que atravesaría la ciudad de norte a sur, incluyendo a los barrios de Saavedra, Belgrano, Coghlan, Palermo, Balvanera, Parque Patricios, hasta finalizar en Pompeya. Para concretarlo, la Municipalidad había dispuesto la expropiación de más de 800 inmuebles a lo largo de la traza. Sus propietarios fueron indemnizados y reubicados en otros sectores de la ciudad, mientras que sus casas quedaron a merced del abandono y la burocracia del estado. Es entonces que miles de familias sin techo comenzaron a ocupar los inmuebles abandonados. Muchos de estos carecían de servicios básicos como luz, agua y gas.

El edificio que hace 26 años ocupa Susana padecía estos “inconvenientes técnicos”. Las conexiones de los servicios eran básicas, como aquellas que se utilizan en las obras de construcción. Fueron las familias, entonces, las que empezaron a instalar las conexiones internas: “Era todo muy casero, en una época nos conectábamos al palo de la calle y muchos hombres se accidentaban. La electricidad los tiraba para atrás, a la vereda, y de repente toda la manzana se quedaba sin luz”. A su vez, los 7 pisos que se levantan hoy sobre Acevedo al 911 -barrio de Villa Crespo- comenzaron siendo solamente dos plantas. Con el transcurrir de los años (y de las crisis), más gente se fue sumando a la ocupación clandestina de hogares, y más pisos debieron ser construidos: “Llegó a haber 45 familias acá, hasta en la terraza había gente”, relata Susana.

Ya en la democracia, la construcción de la autovía fue totalmente desechada. Pero aún así, durante en gobierno de Raúl Alfonsín abundaron las cartas-documento y los intentos de desalojo sucedían a la orden del día. Susana y su familia resistían los embates de la policía, mientras que la comunión entre sus vecinos se hacía más intensa. Fue ahí cuando conoció a la gente de El Ceibo, una organización de base que se ocupa de las problemáticas sociales en los barrios.

Fernando Ojeda, coordinador general de El Ceibo, explica que su tarea comenzó a desarrollarse en el año 1989, enfocándose en los temas de vivienda, salud y medio ambiente de su comunidad: “Se funda con la idea del trabajo y la producción a través de un esfuerzo coordinado, y con la intención de que, si mejora la calidad de vida de los vecinos, se tiene la posibilidad de aportar soluciones a toda nuestra sociedad”. Actualmente, El Ceibo desempeña un programa de recolección de residuos puerta a puerta para su posterior recuperación. De esta manera, logran dignificar la tarea del “cartonero”, mejorar el medio ambiente mediante el reciclado, y construir un vínculo de cooperación entre los vecinos. La zona en la cual se trabaja comprende los barrios de Palermo y Villa Crespo. Años atrás, Susana participaba activamente en este proyecto, pero por cuestiones de salud su tarea quedó relegada al plano organizativo y logístico.

Junto con los trabajadores de El Ceibo, lograron encontrar una solución para todos los habitantes que ocupan terrenos de la ex AU3. Las negociaciones con el Gobierno de la Ciudad llevaron a la sanción de la ley 324, promulgada en el año 2000 y puesta en marcha por el destituido Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra. El objetivo de la norma es brindar una solución habitacional a todos los beneficiarios de la ley, definiendo cuatro alternativas a elegir: obtención de créditos blandos para la compra de una vivienda, adquisición de la misma casa usurpada, construcción de nuevos inmuebles en el marco de cooperativas y asociaciones, o solicitud de subsidios para la autoconstrucción.

Esta última alternativa fue la elegida por Susana. Pronto deberá abandonar las calles de Villa Crespo por las de Villa Urquiza. “El Gobierno de la Ciudad, a través del Instituto para la Vivienda, nos puso un arquitecto para que dirija la obra; parece que no le están pagando pero él viene igual”, dice Susana agradecida, y agrega: “No sé en cuánto tiempo tendré mi casa, faltan muchos materiales. Vas a ver que Telerman los va a traer cuando tenga que sacarse la foto para los diarios”, bromea.